El ritmo de la LENGUA en la Literatura

Para algunos que, como yo, se sienten movidos a lograr con las palabras algo semejante a la música que un instrumentista sacaría de su instrumento, ciertos modelos pueden ser peores que una pandemia. Su manera de contar o, simplemente, la caprichosa forma de ordenar palabras -acción cuya intríngulis oculta un proceso inconciente de relevancia para comprender al escritor- se vuelve tan contagiosa que el principiante podría terminar seducido. Ante el bullir de las palabras se descubrirá uno moviéndose como se mueven los pies de un bailador al ritmo del tambor, la trompeta o el piano. Y es que, en manos de un artista de la palabra, la lengua es música.

Conversando con un amigo escritor, un día, llegué a la conclusión de que, por ejemplo, la escritura de José Saramago es tan ruidosa (entendiendo este ruido como se entiende el ruido en la Comunicación) como el reguetón. Carece de frases sucias, de erotismo constante, de una voz vulgar, pero hay cadencia en los textos, golpe interior capaz de marcar un ritmo: y ese ritmo contagia. Uno llega a mover el lápiz (o el teclado) al compás que impone el lusitano. Estoy seguro de algo: si existiera un altavoz capaz de amplificar su prosa, todo el mundo terminaría bailando con ella. No rezongarían los vecinos. Nadie gritaría: “Baja eso, chico”. Sería una experiencia placentera, indudablemente.

Reflexivos un rato, bien pudiéramos asociar los escritores con los géneros musicales a los que su narrativa se parece. Es fácil, bastará un poco de imaginación y lógica para trazar una raya entre el nombre de un monstruo como García Márquez y ritmos como la bachata, el vallenato, y hasta el reggae. Cada una de las palabras del Nóbel colombiano parecen haber sido escritas con la poesía del vallenato, la delicadeza de la bachata (que no es la del monótono Aventura, sino la de un Juan Luis Guerra, por ejemplo) o la suavidad marina del reggae.

Parece inevitable que un autor transpire las cadencias con las cuales creció. En el Gabo se pueden encontrar las imágenes de América y el Caribe, sus adjetivos y, lo más importante: su sonoridad. Igual pudiéramos decir de otros tantos escritores para quienes el lenguaje significa la mejor manera que pueda encontrarse para de decodificar el mundo que les rodea. Mediante las palabras expresan sus sentimientos y hacen patente su compromiso con los seres que habitan la tierra junto a ellos. ¿Quién cómo Borges para hablar con el bandoleón?

Otro escritor integrante de la tribu del ritmo idiomático es Guillermo Cabrera Infante, quien es puro son, puro jazz, pura rumba, esa música que abofeteaba a los noctámbulos en los cincuenta y sesenta, a tal punto que se quedó en su mente y, ¡azúcar!, gritaba como Celia Cruz. O cantaba con el café en la lengua como Freddy, suave, a media luz en la madrugada.

Con aquel telón musical de fondo fue capaz el gibareño de componer una multiplicidad de textos musicalizados, rítmicos como aún lo es La Habana y, del algún modo, toda Cuba, la Isla donde en las tardes de verano la gente se sienta en las aceras a conversar mojados por los olores de las especies y mientras, adentro, se escucha la radio, el televisor o un reproductor de música. Tal ambiente, hace 50 años, logró sacarle una expresión singular a Miguel Ángel Asturias: “Qué país tan musical, Dios mío”, soltó el autor de “Leyendas de Guatemala”.

La prosa que contagia desde una lengua musical se agradece y sus escritores se convierten en malditos a los que se quiere imitar sin vergüenza: Bolaño, Vargas Llosa, Carpentier, Guillén… Todo el mundo les imita porque su escritura es ritmo, sonido, acorde que embriaga y obliga. Obliga, sí, esa es la palabra.

foto: internet

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