Tom Wolfe reportando, Tom Wolfe reportando: En La Habana suenan las sirenas, aaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa… / Tom Wolfe Reporting, Tom Wolfe Reporting: In

uno de los grandes del Nuevo Periodismo

Era el lejano 1960 y New York se había convertido en metrópoli del mundo. La Libertad señalizaba con una antorcha la siguiente mitad del siglo XX y, después de la II Guerra Mundial, parecía decir: Aquííí, Aquííí. Había grandes edificios y negocios, como en todos los Estados Unidos. También había periódicos de renombre: The New York Times, The New Yorker. Pero, pese a todo ese adelanto, pese al glamour y a la propaganda de Hollywood, un diario llamado The Washington Post no miraba a América. Debió ocurrir un hecho curioso en 1959 para que dejara su embeleso. El nuevo año entraba con una Revolución social en Cuba y el distinguido medio de prensa tuvo que bajar la mirada para observar. Al menos, es lo que dice el reportero y novelista Tom Wolfe (1931), autor de un libro paradigmático: El Nuevo periodismo.

Entonces tan espigado como a sus ochenta años. Aún no iba vestido de un color crema impoluto, porque esa fue su forma de comportarse después de los años setenta, para provocar, para molestar a escritores como Norman Mailer y John Updike. En 1959 Tom Wolfe era un poco más normal y trabajaba en la sección ciudad del The Washington Post. Pero, pasados unos meses el triunfo de la Revolución cubana, preguntaron en aquel periódico quién sabía español. Wolfe levantó la mano (había estudiado idiomas) e inmediatamente lo señalaron para cubrir lo que estaba sucediendo en la isla también llamada “llave”, “perla”, “sueño”, “trinchera”.

Tom Wolfe, el padre conceptual del Nuevo periodismo, pisó La Habana por primera vez en 1960. Eran días difíciles y las relaciones entre Cuba y los Estados Unidos se tornaban cada vez peores. De modo que, por mucho que lo quiso el reportero, jamás logró entrevistar a líderes como Fidel Castro o Ernesto Che Guevara. Uno no tiene hoy cómo atestiguar su estancia en este territorio caliente, porque no ha leído los textos que le hicieron ganar un premio por la cobertura que dio a la Revolución. Sin embargo… tenemos imaginación… ¡y eso es bastante!

La Habana era una fiesta en 1960, se bailaba y se cantaba y se hacía el amor cuando había tiempo para hacerlo, entre guardia y guardia, en la manigua o en un almacén, en la oficina nacionalizada a una compañía extranjera, en un cuartito a unos metros de la Plaza. Incluso, durante una guardia, con el fusil a un lado, se podía hacer el amor, lo acaba de recrear Juan Padrón en un corto que parece todo un simbolismo: Cuba hacía el amor, no la guerra. La guerra sería una necesidad, un estado que parecía querer convertirse en peligrosa actitud inercial, casi eterna. La guerra era otra cosa.

Aquí se hacía el amor y se bailaba y se comía y se cantaba y en eso apareció un espigado muchacho llamado Tom Wolfe en las calles ruidosas y procases de La Habana. No podría estar seguro ahora, pero especulo que con semejante circunstancia pudo haber apresurado un estilo, una manera de entender el mundo, una nueva forma de ejercer el reporterismo. (Qué manía la de uno de creerse el centro de todo… y es que algunas veces así ha sido… ¡sí!) Nadie que viene del norte frío y revuelto y tropieza con una isla bulliciosa, bullanguera y comprometida, eso que muchos han llamado “revolución con pachanga”, podría mantenerse incólume después.

Tampoco Tom Wolfe lo pudo haber estado después de su visita. Al menos, un poco después conceptualizó el llamado Nuevo Periodismo y lo puso en práctica escribiendo títulos paranoides y desarrollando reportajes alucinados por el estilo. Algo le podía haber quedado de aquella encomienda que le hiciera el The Washington Post, el periódico que hasta entonces no había mirado a América. El mundo vivía una época en que acciones de los Estrados Unidos provocaban reacciones del Gobierno Cubano, y el respaldo entusiasmado del pueblo era inmediato. La gente podía estar en una fiesta, en una reunión o en una cama, haciendo el amor, que una señal era suficiente para ponerse en marcha. Cuando llamaba la sirena a lo lejos aaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa, hombres y mujeres echaban a correr a su puesto. Sucedía así en los sesenta, y seguro eso a Tom Wolfe lo dejó pensando cuando tomó el avión de vuelta.

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Back in the distant year 1960, New York had become a world metropolis. The Statue of Liberty –embodying Freedom– signaled with a torch the following half of the 20th century. And, after World War II, it seemed to say: over heeere, over heeeere. There were very high buildings and many shops, as in all over the United States. There were also outstanding newspapers: The New York Times, The New Yorker. But, despite all that advance, glamor and Hollywood propaganda, a daily newspaper called The Washington Post did not look at Latin America. It should have turned out something curious in 1959 that the paper stopped being mesmerized. A new year had started off with a social Revolution in Cuba and the renowned newspaper had to stare down at Cuba. That is, at least, what reporter and novelist Tom Wolfe (1931) says. Wolfe is the author of a classic book: The New Journalism.

He was then so tall and slim as he was 80. But he did not wear an unpolluted cream-colored yet, because he got such a dressing behavior after the seventies, in order to provoke, to bother writers such as Norman Mailer and John Updike. In 1959 Tom Wolfe was a bit more normal and worked for The Washington Post’s city page. But, once some months went away, after the triumph of the Cuban Revolution, it was once asked who spoke Spanish. Wolfe raised his hand (he had attended language classes) and he was immediately appointed to cover what was happening in the Island, called also key, pearl, dream, trench.

Tom Wolfe, the New Journalism conceptual father, stepped on Havana for the first time in 1960. They were difficult days and relationships among Cuba and United States grew worse slowly. Anyway, no matter how much the reporter longed for it, he never could interview leaders like Fidel Castro or Ernesto Che Guevara. Today you do not have how to bear witness to his staying at this hot territory, because you have not read the texts he wrote to win an Award for his coverage to the Cuban Revolution. However, … we have imagination…, and that is enough!

Havana was a party in 1960. People danced and sang; love was made when there was time, in between guard-duties, in the bushes or in a store, in a nationalized office from a foreign company, in a small room some meters away from the Square. Even during a guard duty, with the rifle on one side, love could be made; Juan Padrón has just recreated it in a short-fiction movie full with symbolism: “Cuba made love, not war”. War could be a need, a state pretending to turn into a dangerous inertial attitude, with no end. War was another matter.

Here love was made, music was danced and food was eaten when a slender boy called Tom Wolfe showed up in the noisy and licentious Havana streets. I can not be sure now, but I guess that under such a circumstance he had to hurry his style, a new manner to understand the world, or a new way to exercise journalism. (What a thing or mania one has to believe oneself the center of the world… but sometimes it has been so… Yes!) Nobody –coming from the cold and messy North stumbles with a noisy and engaged Island; that what many people have called “revolution with noisy party”– can hold the ground steady later.

Neither could have been Tom Wolfe after his visit. At least, sometime later he conceptualized the so-called New Journalism and put it into practice writing paranoid titles and developing hallucinated news reports. He may have been left with something of that assignment he made for the The Washington Post, the newspaper that until then had not looked down to Latin America. The world lived times when USA actions provoked Cuban government reactions and the enthusiastic people support came about immediately.

People could be in a party, in a meeting or in bed, making love, that a signal was enough to get ready. When the siren-call expelled far away the aaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa, men and women started running to their places. It happened thus in the sixties, and that may have surely left Tom Wolfe thinking over when he took the airplane back home.

traducción: amauris betancourt,
Español: http://www.mauroflash.blogspot.com
English: http://www.amaurisbetancourt.blogspot.com

Una tarja para José Juan Arrom y la pregunta de un paseante: ¿por qué si no vivió en Cuba?

el hombre viajero, foto de kaloian

El viernes en Holguín se develó una tarja de homenaje al ensayista e investigador José Juan Arrom (1019-2007), holguinero crecido en Mayarí que murió en Massachusset. Para el momento cuando Holguín y Cuba recuerdan agradecidas los 100 años de quien fuera profesor de la Universidad de Yale, llegó uno de sus hijos a Holguín y, en compañía de autoridades y amigos, comenzaron dos días de homenaje.

Cuando la tarja quedó develada, una persona que pasaba, curiosa, después de leer lo que decía la tarja se preguntó en voz alta: ¿Para qué hacerle un homenaje a quien apenas vivió en Cuba? Yo me quedé dándole vueltas a esta interrogante que la viuda de Orlando Castellanos repitió después, como anécdota, en la Casa de Iberoamerica. Y logré algunas respuestas.

La inquietud del hombre tiene su lógica, pero no deja de asomar en ella una actitud excluyente: si salió de Cuba y la persona pasa el resto de su vida fuera, no tiene derecho a que su pueblo lo recuerde después. Esta clase de pensamiento sería lamentable de progresar. Tiende a confinar el mundo de un hombre o una mujer al que “otro” cree debió haber tenido. Es decir: los seres humanos podrían perder el derecho a ser perpetuados en la memoria de sus coterráneos, de recibir un esporádico homenaje en su país natal, por una simple e instintiva causa: la migración.

Si no entiendo mal, algo así es lo que hubiera querido el ingenuo paseante con la memoria de José Juan Arrom sólo porque se fue de Cuba en busca de mejor vida. Nadie tiene la culpa de que esa mejor vida la encontrara en otro lugar. Pero, ¡mire usted que curioso!: aún cuando encontró un lugar en otro país, Arrom jamás perdió la esencia del habla cubana, ni olvidó sus recuerdos, ni dejó de pensar en este país, o ¡impresionante!: supo crecer intelectualmente con un detalle meritorio en su vida: el descubrimiento que significó para él hallar descendientes u objetos hechos por los antepasados de esta zona de Cuba, los Tainos, indios tranquilos que fueron exterminados por los conquistadores españoles.

Patria, ya lo dijo alguien: también es aquella que se lleva en la memoria. Patria puede alcanzar su plenitud verdadera en la nación que nos queda en el recuerdo. Uno puede vivir en su país natal y puede sentirse extraño, como si no estuviera en su hogar, porque el hogar no está limitado por geografías. Muchas veces el hogar – es decir: el bohío según el habla de los tainos- no está en la tierra real sino en la memoria, porque resulta la representación que uno se ha hecho de determinado espacio y tiempo. Miles de ejemplos hay en esta vida.

No pocos casos registra la historia de hombres que van con su país en la mente y mueren en él, derrumbados sobre una cama a miles de kilómetros de su geografía. Incluso, hay gente que eternamente ha buscado su tierra después de salir de ella y jamás la vuelve a encontrar. Por mucho que anduvieron caminos, cruzaron mares, sobrevivieron desiertos y dejaron atrás intrincadas selvas urbanas, el rumbo de su lugar natal jamás volvió a parecer, aún cuando este fuera un lejano pueblito de un olvidado campo. Ese lugar sólo existió en la memoria. Ladrillo a ladrillo fue levantado por la nostalgia, el cariño o el rencor. Así es el hombre. Así ha sido desde que, inconforme un primer día, sin saber por qué lo estaba haciendo, se levantó del suelo y comenzó a devorar con sus pasos el horizonte.

De modo que el paseante se equivocaba al preguntar por qué se realizaba un homenaje en Holguín al hombre que había vivido más en los Estados Unidos. No importa el cuerpo para el alma de un país, y viceversa. El hombre es un ser errante condenado a moverse hasta haber encontrado el sitio exacto donde se siente mejor. No importa cuán lejos esté ese sitio, no importa cuán hostil le resulte. Allí, en las peores o mejores condiciones, si es verdaderamente buen hombre, siempre tendrá un pensamiento para el lugar donde ha nacido, ese territorio al que uno inevitablemente pertenece. Y el ser humano no olvida de ninguna manera esto. El almacén de la memoria desplaza la información a su antojo, pero lo que le marcó, lo esencial jamás lo puede borrar.

Taxis, bicicletas, coches…¿qué seríamos sin la rueda? Pero ¿y el motor de combustión dónde está?

un bicitaxi de holguín

Una de las rarezas que encuentra el visitante al llegar a Holguín es el detalle del transporte urbano. Entre vehículos con motores de combustión, pueden avistarse coches tirados por caballos o bicicletas al estilo del Japón antiguo, sólo que, en lugar de ir remolcadas por un hombre a pie, las conduce el propio ciclista. Existen mil formas de estos carricoches que han devenido taxis, dispuestos ante cualquier urgencia y, la mayoría de las veces, protegidos por inmensas sombrillas para evitar el sol del trópico.

Los bicitaxi son moda desde la escasez en los noventa, cuando el trasporte urbano tocó fondo. Sin embargo, recuerdo haber encontrado alguna vez estas invenciones en la plenitud de los ochenta. No sólo eran bicicletas a las que se le adaptaba un sidecar o se le anexaba una sección trasera con dos asientos, como los originales jinrikisha japoneses, la especie de triciclos menos preferida en la ciudad. La imaginación del citadino daba para más y, no conformándose con dos ruedas, o tres, soñaba que su ciclo era un auto, primitivo sí, como podía serlo para Henry Ford el primero de sus automóviles, pero nacido de su pensamiento.

Por las calles andan de cuatro ruedas modelos que imitan los autos del año, las máquinas de la infancia, o las formas más caprichosas de la imaginación. Sus propietarios truecan manubrio por volantes, sillines por sillones adecuados y concluyen agregando toda clase de accesorios: altavoces para la música, espejos retrovisores, antenas cuya función no es más que hacerles lucir como lucen en sus mentes. Habrá incluso quien adicione la marca de una posible fábrica, y hasta culminará el invento con esa frase que las trasnacionales usan con el simple motivo de vender sus productos.

En materia de felicidad, la de los propietarios de estas bicicletas conversas no tiene comparación. Emerge el orgullo cuando una familia aborda el vehiculo en la tarde, movidos con el combustible de sus piernas y el aire de sus pulmones.

Mas la alegría hay que compartirla, piensa el ciclista, cuando regresa a su casa luego de un día de trabajo en la medianoche. Mientras pedalea por una ciudad que duerme, eleva el volumen de los bafles que ha insertado al sidecar y no le importa más que la música que riega en la noche como el aroma de los jazmines. Así, se va alejando, ajeno al mundo y, quizás, encuentre a su paso uno de esos coches tirados por caballos que también ha concluido la jornada.

En materia de “coches”, que es el derivado de los carruajes del ayer colonial, la imaginación el citadino es menos calenturienta. Se han puesto de moda unos que parecen cajas con ruedas. La preocupación de sus chóferes se encuentra determinada por la capacidad de su transporte, por el número de transportados, y la estética ha ido cayendo. Ahora los carros tirados por caballos que pululan en la ciudad se parecen más a las carretas que vimos en los filmes del Oeste norteamericano, que a los carruajes, calesas y quitrines en los cuales las criollas se movían por las campiñas cubanas. También en la noche, rayando la madrugada, podrá ver el visitante uno de esos vehículos en la ciudad.

Cabizbajo avanza el caballo. Detrás, lo azuza la persona: hombre o mujer, como va siendo común algunas veces. Una mujer, sobre el coche metálico, grita ¡AAAyoooo!, y el animal se apresura. Doscientos, cuatrocientos años atrás la imagen era impensable. Pero, estamos en el siglo XXI y puede ser una mujer quien conduzca esa máquina móvil más de antes que de ahora. Pasa el semáforo y no hay autos, ni transeúntes en la calle. Sólo el sonido de una música excitando la noche en la ciudad.

Foto: amauris betancourt

Silvio Rodríguez y Pablo Milanés: la canción, la protesta…

El trovador Silvio Rodríguez estrenó el viernes su último trabajo discográfico (CD “Segunda cita”) en Casa de las Américas, un edificio emblemático para la cultura cubana y para la trova. Fue allí donde Rodríguez, junto a Pablo Milanés y Noel Nicola, puso de moda el término Nueva Trova y la devenida “canción protesta”. Esa fecha fundacional se recuerda gracias al testimonio de videos y fotos que, en ocasiones, publican periódicos o usan documentalistas. La imagen es parte del testimonio de los 70, los grises setenta en muchos aspectos culturales para Cuba. Mientras pasaba el quinquenio, aquellos muchachos levantaban la voz para criticar y unir: su corazón estaba en Cuba y Latinoamérica.

En mi adolescencia era yo un empedernido apasionado de la Trova. Leía entrevistas, textos, canciones. Pasé largas horas del Periodo Especial en la Biblioteca Provincial de Holguín buscando sobre truvadores y leyendo literatura. Tan intensa era mi pasión que mi madre me sorprendió un día guitarra en mano. Trataba de imitar a Silvio Rodríguez. Fue un intento frustrado, dada mi incapacidad para cantar. No puedo hacerlo. Lo que sí nunca dejé a un lado fue la carrera de los cantautores, fundamentalmente la de Rodríguez y Milanés. Aprecio su obra y sé distinguir la calidad humana de ambos, con luces y sombras como la de cualquier persona.

Entre los dos existe un mito que nadie ha podido resolver: una especie de animadversión nacida de no sé que incompatibilidad, hecho que separó a quienes parecían uno. Eran uno: cantaban juntos, daban conferencias de prensa juntos, juntos llenaban plazas de todo el mundo. Sus rostros (cabeza abombillada y calva uno, espendrúm como micrófono el otro) se trasformaron en símbolos de la Revolución. Y no digo de Cuba, digo: de la Revolución, que es una palabra política, aunque en principio fuera el resultado de una movilización social.

Silvio y Pablo, por muchas actividades distintas a cantar que realicen, viven con la connotación peculiar nacida de las tantas movilizaciones políticas acompañadas por su música. No pocas generaciones han crecido con sus cantos de amor y guerra (a veces usados en exceso, a veces creyendo que sólo ellos hacen este tipo de canción) y ese canto de guerra y amor en la cabeza de la gente tiene un efecto, inevitablemente.

Desde la primera vez que les escuché, no cantando, sino cuando me enfrenté a sus reflexiones me impresionaron por la agudeza de su conversación. Fácilmente uno podía descubrir que había una intención común, un sentimiento de barrer con lo feo de la sociedad en que vivimos, de acabar con todo lo malo del mundo. No era perfecta la sociedad cubana, cantaba Milanés: “No pido que se le dé ese nombre…”. Rodríguez, por su parte, metía el dedo en la ideología y lanzaba sentencias muy lógicas: “Nadie sabe qué cosa es el comunismo y eso puede ser pasto de la censura”.

En los últimos días, tanto Milanés como Rodríguez vuelven a ser noticia. Pablo ha provocado un revuelo mediático tremendo por dos declaraciones que ofreció en España. Habló de la circunstancia política en Cuba, de inconformidad, de sentimientos humanos válidos en él y en cualquier persona mínimamente informada que ejercita la capacidad de pensar. Sus palabras fueron repetidas por muchos periódicos y, lo noté: muchos manipulaban sus criterios. Y cuando digo “manipulaban” no intento suavizar lo que expresó el trovador (algo que no me interesa hacer, ni es mi estilo), simplemente afirmo que los medios de prensa titulaban sus noticias agarrándose de la respuesta más conveniente a sus intereses. Pocos fueron objetivos con lo dicho por Milanés.

Yo, que leí ambas entrevistas, no encontré en las palabras suyas otra cosa que no me pareciera su verdad de siempre. Creo descubrir en sus criterios la misma actitud que le he visto defender desde canciones-himnos de combate, ¿recuerdan: “Ámame sin temor alguno que yo he de prometer fidelidad a mi modo de ser”? Eso lo ha aclarado siempre el bayamés: “fidelidad” quiere decir “tolerancia”, “fidelidad” quiere decir dar y recibir, margen para la crítica, espacio para el desacuerdo, respeto ante las ideas contrarias, dondequiera que se expresen siempre que en todos los lugares se exprese igual.

Me molesta que la gente salga como loca, sorda y demente, contra los juicios que no comparte. He visto ristras de comentarios especulando sobre el trovador. Tantas boberías se han hablado que Silvio Rodríguez, el mismo que antes era uno junto a Milanés, debió escribir: “Si respetan tanto al creador, como dicen, ¿por qué no le respetan que dude y diga lo que piensa? ¿Qué se gana con este cuestionamiento público, que por supuesto sale con la venia de los responsables de este sitio?… No sigamos enredando la pita, que ya está bastante difícil.” Eso lo escribió en Cubadebate a propósito de un texto apresurado y casi inútil que allí se publicó.

Ayer, en Casa de las Américas, Rodríguez no habló del asunto, pero sí trajo de vuelta la necesidad de un diálogo, de un intercambio nacional sin tanta intolerancia, sin tanto espíritu atrincherado: “Me parece muy bien que el mundo hable y nosotros también, y muy bien que se abra la crítica, las opiniones, el debate… Creo que este es un momento que la Revolución, la vida nacional, el país pide a gritos una revisión de montones de cosas, de montones de conceptos, hasta instituciones.”

En los días del Periodo Especial, mi madre me despertó una madrugada con una noticia tremenda. Según rumores, Pablo Milanés se había quedado en España. Y todo el mundo sabe lo que en Cuba significa “quedarse”. Más, si era un símbolo de la Revolución quien se quedaba del otro lado del mar, siempre el mar. Bueno, pues la semana siguiente Pablo apareció en el Noticiero de Televisión y de Radio. No acababa de descender del avión y ya tenía un micrófono delante preguntándole cosas. Y el decía: “Estoy aquí”.

Hace unos años, en uno de esos tantos momentos de “crisis” para Milanés, me encontraba yo casualmente en el Consejo de Estado para una reunión de Estudiantes. Al entrar al salón escuché una música. El ambiente se encontraba inundado con la voz del trovador que ama esta Isla y cree en la Revolución, según textos. Se amplificaba su último disco, “Plegaria”, uno de esos CD con letras escritas desde el dolor, el dolor producido por el desentendimiento. Lo decía así una de las canciones:

“Qué es lo que falta para creer que Dios murió,

qué es lo que falta para creer quién lo mató.

El libro blanco, rojo y azul se me perdió

sólo me quedan mi mente y tú, qué voy a hacer.”

Eso era lo que se oía en el Consejo de Estado unos minutos antes de empezar la asamblea de estudiantes, y unos minutos después apareció Fidel Castro. Cuba también está llena de relatividades y simbolismos. Al menos, así lo creo yo.

publicado en cubavistaalasseis.blogspot.com, en marzo de 2010

Un premio por llamarse Ángel Quintana

A propósito del Día de la Prensa (14 de marzo), la sede de Unión de Periodistas (UPEC) en Holguín entregó el premio Abraham Portuondo al periodista Ángel Quintana, hombre “fructífero, sincero y discordante”, al decir del jurado que destacó su currículo entre los 7 de quienes aspiraban al lauro. El acta del jurado señalaba también el “olfato de tigre batallador” de este último Premio “Portuondo”, instituido para distinguir la obra de toda una vida.

Si usted se encuentra con Quintana en la calle, quizás no lo asocie con un flamante periodista: es un viejo canoso, usa gorra de chofer de ómnibus y siempre, siempre, lleva una mochila de escolar a sus espaldas. Si acaso usted lo reconoce, pese a todo, entonces ya estará hecho. Ángel Quintana es dado a las conversaciones y, en cualquier esquina de esta ciudad, cualquiera sea la circunstancia, le contará su vida.

La última vez que la contó para mí, fue la primera. Nunca antes habíamos entablado una conversación y me alegro de haberle escuchado. Es bueno tener oídos para las personas, más cuando estas tienen necesidad de comunicarse. El caso es que Ángel Quintana se sentó en la recepción del semanario ¡Ahora!, extrajo de su mochila un paquete de hojas y empezó a decir palabras que, por ser tantas, se enredaban unas con otras en un discurso enmarañado.

Nació en Banes, y en este propio periódico vivió buenos momentos de su vida. Con su olfato (subrayado por el jurado que encabezó el periodista radial Rigoberto González Limiñana) “de tigre batallador” siguió cuidadosamente no pocas historias. Buscó en archivos, preguntó a los antepasados y las convirtió en reportajes que pusieron a los lectores como locos. Día tras día, corrieron hasta los estanquillos en busca del diario local porque en él, estaban los textos elaborados por Quintana.

Quizás no fuera el estilo su fuerte. De hecho, no es el estilo su fuerte, pero aquellas historias (“María entre los muertos”, “El Águila Negra”…) eran construidas con la sangre de verdadero periodista. Para armarlas, se ponía a prueba valentía, oficio, intuición y capacidad para que se pudieran enlazar datos, nombres y lugares en historias que al lector dejaban boquiabierto.

Pero, no conforme con aquella obra, Ángel Quintaba era capaz de diseñar o emplanar, como se le llamaba entonces, ediciones enteras del rotativo. Así, ayudó a darle forma al suplemento cultural Ámbito y fue protagonista de sus mejores años. Con una visualidad moderna, descuidada y elemental como los días que se vivían, Ámbito fue por una época espacio ideal para teorizar, polemizar y poner la cultura del patio todos los meses en la calle.

Mientras eso sucedía, mientras Ámbito viajaba de estanquillo en estanquillo, Quintana también hacía caricaturas que hacía circular por todo el país. Así vieron su obra de humor en Juventud Rebelde, Verde Olivo, Opina y Palante.

Fue en un libro sobre la historia de Palante que encontré por primera vez el rostro de este hombre y no podía imaginar que alguna vez conversaríamos. Volví a verle años después. Era yo estudiante de Periodismo y él inauguraba exposiciones de peculiares caricaturas sobre los 5 Héroes en la Casa de la Prensa de Holguín. Fueron mis dos encuentros con él, pero sólo el día en que conversamos por primera y única vez, en la recepción del periódico que también es suyo, supe que se trataba de la misma persona.

Ángel Quintana tiene fama de gruñón, pero ha sido fundador de no pocas causas en estos años. Que el nombre de uno se asocié al de las Milicias, la UNEAC o la UPEC es lo suficientemente meritorio como para lavar cualquier suspicacia, cualquier preocupación. Este premio parece tener la intención de lograrlo.

Muere Miguel Delibes, a la caza de la literatura

La primera vez que descubrí el nombre de Miguel Delibes fue en una sala de lectura de la Biblioteca pública Rubén Martínez Villena, situada en el centro histórico de la Habana Vieja. Había (o hay) allí una fotografía que habla de la amistad del escritor con la institución, emergida gracias al apoyo del historiador Eusebio Leal.

La Biblioteca habanera nació gracias al trabajo de restauración de la Oficina del Historiador y contó con la colaboración de la Junta Castilla León, de donde era el periodista y escritor Miguel Delibes.

De Delibes supe más gracias a Los Santos Inocentes, novela publicada en Cuba en la colección Bolsilibros Arte y Literatura, en 1885. Su prosa era un ejemplo del castellano castizo que aquel escritor había aprendido desde su nacimiento para 1920, en Valladolid, y que estiró luego desde el periodismo en El Norte de Castilla, gracias a columnas fijas y trabajos de fondo.

Después de haber escrito sobre caza, una de sus glorias, cine y literatura, publicó su primera novela: La sombra del ciprés es alargada, por la que recibió el Premio Nadal, en 1948.

Sufrió la censura del franquismo y padeció un brote de tuberculosis, sin embargo, Delibes continuó su camino literario entregando nuevos textos, casi con frecuencia anual. Vieron la luz títulos como: Diario de un cazador (1955) Premio Nacional de Narrativa–, Siestas con viento sur (1957), La partida (colección de relatos, 1954) y La hoja roja (1959).

En los sesenta, según los entendidos, vive una época de verdadero apogeo que inicia con la aparición de Viejas historias de Castilla la Vieja (1960) y concluyen con Cinco horas con Mario (1966) y Parábola del náufrago (1969). La siguiente década le abre las puertas de La Real Academia española de la Lengua y en los 80 publica Los Santos inocentes, fresco social llevado al cine y libro que, de alguna manera, lo empujó al l Premio Príncipe de Asturias de las Letras, que ganó ex aequo junto a Gonzalo Torrente Ballester, en 1982.

Nueve años más tarde, Delibes mereció en Premio Cervantes y, este año, cuando ya era un anciano venerado en todo el mundo hispano, la Sociedad General de Autores y Editores (SGAE) lo propuso, junto a los latinoamericanos Ernesto Cardenal y Ernesto Sabato, como Candidato al Premio Nobel de Literatura de 2010.

Sin embargo, ya murió Miguel Delibes, el viernes 12 de marzo, hoy. El escritor es ahora parte del pasado en la literatura, pero su obra sigue viva. Lo había dicho él: “He encontrado en la literatura el refugio que no encontraba tan perfecto en el cine o en el café o en el juego, la relación de dos se establecía perfectamente entre una persona y un libro”.

foto: elpais

Ambrosio Fornet habla de un Congreso de la lengua que no fue en Chile

Sentados en el muro exterior de una emisora de radio, conversamos sobre un congreso frustrado. Mientras, los autos pasan frente a nosotros, es una noche excesivamente fría y en la Internet se desarrolla un virtual Congreso de la Lengua.
Ambrosio Fornet luce el hombre sencillo que es. Nacido en Veguitas de Bayamo y Premio Nacional de Literatura en el 2009, el editor, ensayista y narrador es un hombre delgado de 78 años.
Vinculado a no pocos proyectos de éxitos en la Revolución (Lunes de Revolución, ICAIC, Casa de las Américas), el autor de El Libro en Cuba es también miembro de número de la Academia cubana de la Lengua. Pero, no hablamos de estructuras internas de la Institución, ni de la historia de esta. Hablamos del Habla, del Idioma y del Congreso que un fenómeno natural malogró en Valparaíso, Chile.

¿Qué aporte ha hecho el habla cubana a la Lengua española?

Si te contestara con cierto aire de autoridad estaría siendo un farsante, porque los lexicógrafos y lingüistas de la Academia son otros. Yo entro en la categoría: crítico literario, escritores… Tengo la impresión, sin embargo, de que hay un aporte. De hecho hay diccionarios de cubanismos, desde Pichardo, en el siglo XIX. Se han ido incorporando términos. Hablo en el plano lexicográfico, no en el morfológico, donde no creo que haya grandes transformaciones. La nuestra es la misma lengua que se habla en todo el mundo hispano, salvo por las diferencias lexicográficas. Simplemente, hay variaciones de este tipo, pero no mucho mayores que las que hay entre Oriente y La Habana.
Nunca he logrado hablar como habanero, jamás: cuando voy a decir zapote, digo zapote, y cuando voy a decir guineo digo guineo. Soy de donde nací. También lo hago como una especie de provocación: ¿por qué si me fui de Bayamo a los 25 años tengo que cambiar mi vocabulario? Por ejemplo, la palabra: papaya. En la Habana es escandalosa una palabra que se usa en Perú, Panamá, Colombia, en los Estados Unidos… ¿Por qué decir Fruta bomba? Yo no lo adopto. O: cometa, así le digo y así se dice en muchos lugares. Hay un plano que es estrictamente lexicográfico.
Mi respuesta concreta: Cuba aporta cubanismos que pueden ser o no adoptados, pueden coincidir. No imagino que pueda haber otro aporte.

Usted que, además, es creador: ¿cómo asume el idioma?, ¿Cómo se propone usarlo desde la creación? Pienso en escritores como Carpentier o Garrandés, que se regodean en el lenguaje, ¿cómo lo asume usted?

El creador va encontrando su propia tensión lingüística, su propio tono. Aporta a la lengua – estamos hablando de la lengua y no solo de la literatura – ciertas características que son propias de él y de su desarrollo como lector, escritor, como creador. Tu te puedes preguntar: ¿qué aporta Carpentier al lenguaje…?, bueno, aporta una terminología enorme, ciertos vicios de dicción muy específicos suyos, el uso de verbos, de gerundios que otra persona, Mañach, no utilizaría nunca, porque tiene un sentido más convencional de la lengua. Digo Mañach, porque pienso en un ensayista y no un narrador.
Hay otros que utilizan un vocabulario que puede estar cayendo en desuso, pero que ellos rescatan y me parece atractivo, el vocabulario del modernismo. Me has citado escritores en quines noto el intento de rescatar una terminología y un lenguaje superculto que ya ha dejado de usarse. Pero, la persona insiste en incorporarlo. También está el trabajo, que más se aprecia, por ser el más creador. Lo que hacía Guillermo Cabrera Infante sobre el lenguaje popular, habanero por lo menos. Seguir el ritmo de ese lenguaje va creando cierta sintaxis muy especial. Lo sientes sonar de una manera y dices: ¡Caramba!, esto suena como cubano. Así hablan ciertas zonas y sectores de cubanos.

¿Como miembro de número de la Academia Cubana de la Lengua cómo acogió la no participación de Cuba en el Congreso que se haría en Valparaíso, Chile?

El problema es que, lo decíamos en la declaración de la Academia, en el Congreso hay un elemento mediático que me imagino esté dado, como en el 84,6 por cierto de todo lo mediático, por un problema de financiamiento: ¿Quién financiaba ese Congreso? Seguramente que el grupo PRISA o la Fundación no sé qué. Cuando empezamos a recibir la lista de los participantes nos quedamos boquiabiertos.

¿Quiénes participarían?

Te advierto que cuando recibimos la primera lista, Yoani, la bloguera, no estaba. Para nada. Nos hubiéramos caído de espalda o de frente y nos hubiéramos roto la nariz. Lo que he leído de Yoani son dos o tres crónicas, todas muy hostiles a la Revolución. Ahora bien, desde el punto de vista del lenguaje no aporta nada. ¿Qué ocurre? ¿Es que de pronto el ciberespacio y los blogs son importantes en el desarrollo de la lengua? Me alegra mucho saberlo. Mira, voy a hacer un pronóstico, y anótalo para que te prepares sicológicamente: antes de dos años esta muchacha, Yoani, recibirá el Premio Nobel de la Paz…Ya le dieron el Ortega y Gasset, ya quedó como una de las cien personalidades más influyentes del mundo… Bueno, lo que le falta es el Premio Nobel, y se lo darán. Cuando nuestra Academia recibe la invitación de la RAE, no está su nombre, no está Yoani… Pero ya están los nombres de algunos profesionales de la contrarrevolución, gente que aquí estuvo presa y se escapó… Y uno se pregunta: ¿qué hace este ahí?? Por otra parte, estaban políticos, funcionarios, gerentes de empresas… ¿Qué iban a aportar a un congreso de la Lengua?

Las relaciones con la Real Academia Española, pese a la negativa de Cuba a participar parecen ser las mejores. Esta semana lo decía Víctor García de la Concha en una entrevista que propició El país digital, decía que las relaciones con la Academia cubana son cordiales, ¿qué cree usted?

Son normales las relaciones. García de la Concha es una persona respetable. No tenemos ningún conflicto con la RAE. Están haciendo un buen trabajo. La edición de los diccionarios me parece magnífica, aquella edición crítica de El Quijote me pareció excelente. No tengo objeción profesional que hacerle a la RAE; pero, de pronto se viste de empresa mediática y aparece en escena el señor Carlos Alberto Montaner. ¿Y por qué Montaner y no Retamar, nuestro director, por ejemplo? Entre la obra del periodista Montaner y la de Retamar, o Fina García Marruz, o alguna de nuestros o nuestras jóvenes lingüistas hay una considerable distancia. Dicen que Montaner es el único agente de la CIA con carnet que se conoce públicamente, pero eso aparte, ¿qué rayos iba a hacer allí, en ese Congreso?

¿Y por qué no se contrarresta eso?, ¿por qué no participar en el Congreso virtual que ha suplido, en algo, el malogrado congreso de Chile?

En la medida en que intervengas estarás legitimando la maniobra… No tienes manera de competir con ese monstruo mediático ferozmente “anticastrista”, para decirlo en su jerga. Tengo entendido que los textos de Yoani aparecen en decenas de periódicos, en no sé cuántos idiomas. Si yo participo y me atrevo a hablar de este país sin analfabetos y donde todos pueden comprar un libro, ¿en cuántos idiomas crees tú que se publicará ese testimonio de un intelectual castrista? No, prefiero abstenerme.

Última pregunta: ¿cómo entra usted a la Academia? ¿Por qué ocupa usted la letra O, por ejemplo?: ¿por las tres “o” de su nombre y apellido… o…?

No, es parte de una tradición. Los académicos son también seres humanos y, naturalmente, van muriendo. El que ingresa ocupa la silla simbólica, representada por una letra del alfabeto, que su predecesor dejó vacía.

Publicado en La jiribilla